Hola visitantes y seguidores del Blog:
A pesar de que nuestra denominación se refiere a la relación de los estilos de vida y el estado de salud y que nos hemos propuesto resaltar la salud y no la enfermedad, consideramos importante referirnos a aquellos factores, incluidos los que tienen que ver con el estilo de vida, que representan un riesgo para desarrollar el cáncer de los senos. Seguiremos abundando sobre este tema en próximas intervenciones.
FACTORES DE RIESGO PARA PADECER CANCER DE
SENOS
- EDAD: >40 años de edad
- HISTORIA FAMILIAR < del 10 % de todos los
casos
- PREDISPOSICION GENETICA (se tratará aparte)
- NULIPARIDAD: Significa no haber tenido hijos
- EDAD AL PRIMER PARTO: Después de los 28 años sin tomar en cuenta los abortos.
- MENOPAUSIA TARDIA: Después de los 55 años
- ATIPIA EN UNA BIOPSIA
PREVIA DEL SENO
- EXPOSICION A LA RADIACION
IONIZANTE: En
el área de los senos
- ALCOHOL: Dos o mas tragos por día aumenta modestamente el riesgo de
contraer cáncer de seno
- EL SEDENTARISMO: Aumenta el riesgo de cáncer de seno
- LA DIETA ALTA EN GRASA: Se asocia con un riesgo
aumentado de cáncer de seno
- LA OBESIDAD: Altera los niveles endógenos
de estrógenos y puede aumentar el riesgo de cáncer de seno.
- LA TERAPIA DE REEMPLAZO CON
ESTROGENOS: Está asociada con un ligero aumento en el riesgo de padecer cáncer del seno (riesgo relativo de 1.3)
- EL CARCINOMA LOBULAR IN
SITU (CLIS): Le confiere un riesgo de cáncer Invasivo en cada seno de un 1% por año.
- CANCER DEL SENO: Haber tenido un cáncer de
seno previamente
- LAS MUJERES QUE GANAN PESO
EN EXCESO DE 55 LIBRAS a partir de los 18 anos de edad, están a un mayor riesgo de
desarrollar cáncer del seno después de la menopausia. Hospital “Brigham
and Women” de Harvard.
El pasado
22 de enero de 2009 tuvo lugar el acto de investidura, donde Ramón Bayés fue
nombrado doctor “Honoris Causa en Psicología” por la UNED.
Ramón
Bayés Sopena
es Doctor en Filosofía y Letras (Sección de Psicología) y Diplomado en
Psicología Clínica por la Universidad de Barcelona. Desde 1983, es Catedrático
de Psicología Básica en la Universidad Autónoma de Barcelona, y en 2002 fue
nombrado Profesor Emérito por dicha Universidad. Durante más de cincuenta años,
se ha dedicado a diferentes áreas de la Psicología, aunque es una figura de
referencia en el campo de la Psicología de la Salud, experto en cáncer, SIDA y
cuidados paliativos, como demuestran sus más de 700 publicaciones, Infocop
Online tiene el placer de publicar su discurso de investidura como Doctor
"Honoris Causa" por la UNED.
Ramón
Bayés Sopena
Siguiendo a Aristóteles y a Ortega,
Diego Gracia nos señala con claridad que el fin de toda vida humana es alcanzar
la felicidad, la plenitud, y que no es posible conformarse con menos:
"Todos vamos dirigidos hacia ello – escribe – como la flecha del
arquero hacia su blanco". No podemos renunciar a esta meta, aunque no
estén determinados a priori ni el modo ni los medios para lograrla. Y,
sin embargo, en lúcidas palabras de Albert Camus, uno de los más brillantes
escritores de nuestro tiempo, la realidad es que: "Los hombres mueren,
y no son dichosos".
Un psicólogo con gran experiencia
clínica, sensible y buen amigo – Javier Barbero – suele decir que es posible
crear una red de hospitales sin dolor pero que es absurdo concebir un solo
hospital sin sufrimiento. Lo cual, en el presente contexto, me lleva a
preguntarme hasta qué punto podemos los psicólogos facilitar a las personas
medios para que alcancen su blanco de felicidad, o puedan aliviar su
sufrimiento. Es de estos conceptos: "persona", "felicidad"
y "sufrimiento" de los que, en el tiempo de que dispongo, me
gustaría hablarles. No voy a citar a Platón, Kant o Spinoza; soy consciente de
que la filosofía no es mi terreno. Deseo tan solo compartir con Uds., desde la
sencillez, unas reflexiones en voz alta teniendo presente que, como profesores,
nos ocupamos de alumnos que, además, son personas; y que como investigadores y
como profesionales sanitarios, debemos explorar, diagnosticar y atender no sólo
a organismos enfermos o conductas alteradas sino a las personas que los
padecen.
Eric Cassell, en un articulo
paradigmático, publicado en 1982 en la revista The New England Journal of
Medicine con el título "El sufrimiento y los objetivos de la
medicina", nos trasmite un mensaje capital: "Los que sufren, no
son los cuerpos; son las personas". Y surge de inmediato la pregunta: ¿qué
es una persona?
En 1926, en una recordada conferencia
magistral pronunciada en la Facultad de Medicina de la Universidad de Harvard,
un médico ilustre, Francis Peabody señalaba: "Cuando hablamos de un
enfermo, no nos referimos a la fotografía de un hombre enfermo en cama, sino a
la pintura impresionista de un paciente en el entorno de su casa, su trabajo,
sus relaciones, sus amigos, sus alegrías, sus preocupaciones, esperanzas y
miedos". El cirujano Marc Antoni Broggi suele decir:
"El enfermo no lleva su estómago o su columna vertebral a que los visiten;
va todo él, con sus miedos y sus esperanzas".
A finales del pasado siglo, el
denominado Informe Hastings nos aporta un atractivo modelo de salud para
el siglo XXI que subraya que "los enfermos presentan sus malestares al
médico como personas; esto es lo que experimentan subjetivamente de forma más
directa y lo que suele motivarles a buscar alivio. Se presentan a sí mismos
como individuos, y son precisamente esos individuos los que deben constituir el
punto de partida de la cura y los cuidados".
Sin embargo, en contraste con esta
línea de pensamiento, en la mayoría de nuestras Facultades y Escuelas
universitarias del ámbito de la salud y también en los hospitales
universitarios, únicamente se suele adiestrar a los estudiantes a explorar
organismos y conductas, no personas; a diagnosticar y tratar enfermedades o
patologías, no sufrimiento. En las Facultades de todo tipo, pero especialmente
en las de Psicología, tal vez deberíamos plantearnos si los profesores somos
suficientemente conscientes de que no sólo tenemos delante – o a distancia –
estudiantes de bioestadística, genética o psicopatología, sino personas. Y en
este punto, no puedo sino recordar el lamento, ya inútil, de Emma Thompson, la
protagonista de la película "Amar la vida" (Wit), cuando
gravemente enferma de un cáncer terminal, evoca escenas de su estricta y fría
actuación como docente en la universidad. ¿Debemos los profesores limitarnos a
impartir y verificar conocimientos y habilidades a nuestros alumnos, o más bien
tratar de cincelar personas autónomas que posean buenos conocimientos y
habilidades? Si Francesc Gomá me hubiera tratado sólo como potencial receptor
de información, ciertamente hoy no me encontraría aquí.
Es de
estos conceptos: "persona", "felicidad" y "sufrimiento"
de los que, en el tiempo de que dispongo, me gustaría hablarles. No voy a citar
a Platón, Kant o Spinoza; soy consciente de que la filosofía no es mi terreno.
Deseo tan solo compartir con Uds., desde la sencillez, unas reflexiones en voz
alta teniendo presente que, como profesores, nos ocupamos de alumnos que,
además, son personas; y que como investigadores y como profesionales
sanitarios, debemos explorar, diagnosticar y atender no sólo a organismos
enfermos o conductas alteradas sino a las personas que los padecen.
Eric
Cassell, en un articulo paradigmático, publicado en 1982 en la revista The
New England Journal of Medicine con el título "El sufrimiento y los
objetivos de la medicina", nos trasmite un mensaje capital: "Los
que sufren, no son los cuerpos; son las personas". Y surge de
inmediato la pregunta: ¿qué es una persona?
Todos los seres humanos
poseemos un organismo y todos somos personas. No hay duda, por tanto, de que
estamos familiarizados con ambas realidades. Pero este hecho – nos recuerda
Cassell – no nos capacita por sí sólo para explorar el funcionamiento del
organismo ni el sufrimiento de las personas. Los médicos, los psicólogos, para
poder llevar a cabo diagnósticos acertados y administrar los mejores
tratamientos posibles, debemos, durante largos años, adquirir los conocimientos
y habilidades necesarios en la Facultad y en la práctica. Sería lógico que, si
de lo que se trata es de explorar, diagnosticar y tratar el sufrimiento de las
personas, que se procediera de forma similar. Pero no es así.
El
problema aumenta porque, lo que causa sufrimiento a una persona no lo produce a
otra; lo que despierta la emoción y la motivación de un alumno puede ser
indiferente o tedioso para otro. Además, los factores que producen interés,
aburrimiento o rechazo no sólo implican a la persona como un todo único y
singular, sino que también son susceptibles de cambiar en el mismo individuo a
lo largo del tiempo. Tan importante es conocer las estrategias de afrontamiento
de una persona – nos recuerdan Lazarus y Folkman – como el hecho de que las
mismas pueden variar de un momento a otro. "El sentido de la vida –
señala, por su parte, Viktor Frankl – difiere de un hombre a otro, de un día
para otro, de una hora a otra hora. Así pues, lo que importa no es el sentido
de la vida en términos generales, sino el significado concreto de la vida de
cada individuo en un momento dado".
Volvemos a preguntarnos: ¿Qué
es una persona? Además de Eric Cassell, a quién he tenido la fortuna de
conocer recientemente, algunos psicólogos cercanos - Pilar Arranz, Pilar
Barreto y Javier Barbero; Emilio Ribes y Josep Roca; Miguel Costa y Ernesto
López; Marino Pérez y José Ramón Fernández; Francesc Xavier Borrás y Quim
Limonero - me han ayudado con sus escritos y comentarios a perfilar lo que, en
este momento, entiendo por persona y que me permito ofrecerles, de forma
abierta, para la reflexión y el debate.
La persona no es el organismo;
no es la mente; no es el cerebro, y es, a mi juicio, insatisfactorio limitarse
a decir que es un producto bio-psico-social. La persona es el resultado final,
siempre provisional mientras funcione su cerebro, de su historia interactiva
individual elaborada en entornos físicos, culturales, sociales y afectivos
específicos, a través del lenguaje y otras formas de comunicación.
En síntesis: la persona es
el producto singular de su biografía. La persona no tiene res extensa;
sin interacciones en contextos concretos la persona como tal no existiría. El
cerebro, el resto del organismo, las otras personas y el entorno son tan sólo
elementos necesarios para que las interacciones puedan tener lugar; si el
organismo enferma o pierde alguna función, esto repercute en la persona, al
igual que los comportamientos, los pensamientos y las emociones de la persona
son susceptibles de influir en el funcionamiento del organismo. Y, aunque es
cierto que cuando muere el cerebro muere la persona, el cerebro no es la
persona; es tan solo uno de los elementos que permite que las interacciones se
realicen y, por tanto, que la persona como tal exista.
Mientras
que, desde un punto de vista jurídico, debemos considerar persona a toda
criatura viva nacida de madre humana, desde el punto de vista de nuestra
realidad como hombres y mujeres creo que la esencia de la persona lo constituye
su identidad individual, fruto de su historia, única e irrepetible, de
interacciones. La persona es, por tanto, a mi juicio, una realidad
esencialmente relacional. Y en este punto, considero que es necesario hacer un
esfuerzo para no caer en lo que Ryle llama error categorial. El coche, el
motor, la carretera, los compañeros de viaje, el paisaje, son elementos que
hacen posible y enriquecen el viaje pero no son el viaje. La persona no es el
cerebro; la persona no es la mente, la persona no es la conducta; la persona no
es el coche, no es el motor, no es la carretera. La persona, con toda su
riqueza y complejidad, es el viaje. Cuando el cerebro se apaga, el viaje acaba;
por ello, el cerebro puede considerarse como el elemento más valioso. Pero no
es la persona, no es el viaje. Como dice Machado:
Caminante,
son tus huellas
el camino, y nada más:
caminante, no hay camino,
se hace
camino al andar.
La
persona – el resultado de una historia individualizada de interacciones – se
puede explorar a través de la observación, la actitud hospitalaria, la empatía,
la escucha activa y el lenguaje. Las habilidades de comunicación (counselling),
así como la validación de las biografías, constituyen la tecnología punta para
aliviar el sufrimiento de las personas. Los sanitarios, deberían conocerlas a
fondo para llevar a cabo buenos diagnósticos y administrar buenos tratamientos;
los profesores, para impartir enseñanzas; los investigadores, para explorar a
seres humanos que no sólo son organismos enfermos o conductas alteradas sino,
esencialmente, individuos que sufren y que en todo momento – también en el
hospital, también en el aula, también en el laboratorio o frente al ordenador –
estén siempre intentando, en el seno de entornos complejos, tensar el arco con
tino para alcanzar su blanco de felicidad.
Si a
veces no tratamos a los pacientes, a los alumnos, a lo sujetos de
investigación, como personas puede ser debido a que, tal vez carecemos de las
habilidades para hacerlo y, en este caso debemos reconocer que tenemos una
asignatura pendiente; o creemos que no es de nuestra incumbencia, lo cual
quizás signifique que nos hemos equivocado de profesión; o puede que no nos
encontremos cómodos ante la presencia del sufrimiento de los demás y tendamos a
evitarlo; o, finalmente, es también posible que sólo deseemos filtrar los datos
que consideramos "objetivos", convencidos de que, en el mundo científico,
las apreciaciones subjetivas son de escaso valor. En este último caso, tal vez
deberíamos considerar el hecho de que, en la exploración del organismo y de la
conducta, los resultados de los análisis clínicos, las radiografías, los
electroencefalogramas y los cuestionarios psicológicos debidamente validados,
proporcionan datos objetivos pero que los mismos se subjetivizan al ser
interpretados por el profesional. Así, los mismos datos pueden dar lugar, al
ser evaluados por profesionales distintos, a diagnósticos, tratamientos,
hipótesis y modelos diferentes. En clínica tal vez convendría, por ejemplo,
recordar que, recientemente, se han identificado los errores de diagnóstico
como la mayor amenaza para la seguridad de los pacientes.
Y hablando de amenaza, esto
nos lleva directamente al tema nuclear del sufrimiento, en cuyo concepto
y definición coinciden autores procedentes de campos tan diversos como la
psicología, la antropología, la filosofía, la medicina y la bioética. Loeser y
Melzack, por ejemplo, dos autoridades en el campo del dolor, escriben que "el
sufrimiento es una respuesta negativa inducida por el dolor pero también por el
miedo, la ansiedad, el estrés, la pérdida de personas u objetos queridos y
otros estados psicológicos"; Laín, señala, por su parte, que un hombre
enfermo es, esencialmente, un hombre amenazado por la invalidez, el malestar,
la succión por el cuerpo, el aislamiento y la proximidad de la muerte; el
Informe Hastings, al que antes hemos aludido, nos indica que "la
amenaza que representa para alguien la posibilidad de padecer dolores,
enfermedades o lesiones puede ser tan profunda que llegue a igualar los efectos
reales que éstas tendrían sobre el cuerpo". Finalmente, concluye
Cassell, "se produce sufrimiento cuando la persona se siente
amenazada en su integridad biológica o psicológica".
Se diluye
la individualidad de las personas cuando se homogenizan sus biografías: en el
ejército, en la cárcel, en el hospital, en las aulas, en las residencias de
ancianos; cuando se restringe su capacidad de elección, cuando se limitan los
escenarios en los que pueden moverse y se les conduce a hablar, reaccionar y
obrar estereotipadamente. Es en el fondo lo que trata de contarnos Thomas Mann
en "La montaña mágica" y un ejemplo extremo lo constituirían
Auschwitz o la prisión de Ab·Ghraib en Irak. Un superviviente de Auschwitz,
Primo Levi, en un terrible libro, "Si esto es un hombre",
escribe: "Imaginaos ahora a un hombre a quién, además de a sus personas
amadas, le quiten la casa, las costumbres, la ropa, todo, literalmente todo lo
que posee: ser un hombre vacío…". Cuando la biografía se desdibuja, el
organismo permanece pero la persona, aunque todavía capaz de experimentar
sufrimiento y alguna chispa de vida, se va desvaneciendo.
La
persona es el viaje. Los psicólogos podemos contribuir a hacerlo más llevadero,
disminuyendo las vivencias de amenaza, incrementando la percepción de recursos,
y mejorando el estado de animo; disminuyendo la incertidumbre, ayudando a los
hombres a deliberar en las encrucijadas difíciles y aumentado su percepción de
control en el itinerario de la vida. Pero, sobre todo, no olvidando nunca que
en la universidad, en el hospital, en la ciudad, en la familia, sea cual sea la
edad, sexo, raza, condición o cultura de nuestros interlocutores, no nos
relacionamos sólo con cuerpos con apariencia de persona, sino con personas
reales que sufren y luchan porque tienen una permanente vocación de felicidad y
plenitud.
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